¡Buen camino!

Hace tres años, con una amiga emprendimos los últimos 112 kilómetros del Camino de Santiago, la ruta de peregrinación que se hace desde distintos lugares hasta Santiago de Compostela.

La vida como camino es una metáfora muy conocida. Pero esta vez, los invito a profundizar un poco más en lo que eso implica.

 El clima: el contexto en el que vivimos

A lo largo del Camino nos tocaron días soleados, pero también otros de lluvia y frío. Ante estos últimos, ningún peregrino dejaba de avanzar. Nosotras tampoco: quizás tuvimos que bajar el ritmo, ingeniárnosla para mojarnos lo menos posible o detenernos más seguido para tomar algo reconfortante. Pero tanto en este caso como en la vida, no hay que dejarse vencer por las circunstancias: siempre podemos seguir caminando.

Las flechas: la ayuda de quienes nos preceden

En el Camino de Santiago se transita por bosques, prados y campos, y también por puentes, rutas y calles de algún pueblito. Hay subidas y bajadas, curvas y bifurcaciones. Para saber por dónde teníamos que ir, debíamos seguir las conchas de vieira (tradicional símbolo de la peregrinación) y las flechas amarillas pintadas en árboles, paredes y piedras. En la vida, cuando nos sentimos perdidos, siempre podemos contar con la experiencia y los consejos de los que ya transitaron esa situación y pueden orientarnos.

 Los otros caminantes: quienes nos acompañan

Durante el Camino, es importantísimo contar con el apoyo y compañía de los demás. Dialogar, saberse sostenido, dejarse cuidar en caso de que sea necesario. Con algunos peregrinos compartíamos comidas, intercambiábamos consejos y ayuda. Todos nos cuidábamos entre todos. En la vida, también necesitamos de los demás, nadie es autosuficiente.

 Las heridas: nuestras vulnerabilidades

A medida que pasaban los días, el cansancio de nuestros músculos se hacía notar cada vez más, teníamos algunas ampollas y moretones. ¡Qué importante es reconocer nuestras heridas y aprender a caminar con ellas, por más de que eso implique avanzar un poco más lento! Son situaciones por las que pasamos, que nos marcan y no podemos ignorar.

Las mochilas: lo que elegimos cargar

A medida que pasaban los días, las mochilas empezaban a pesarnos un poco más. La clave en el Camino (y en la vida) es ir ligero de equipaje para no dificultar el andar. Las cosas que elegimos cargar dependen de nosotros. Es prudente ir bien equipados, pero… ¿qué sentido tiene llevar 10 remeras, 20 paquetes de arroz y 5 litros de agua? ¿Y qué sentido tiene cargar toda nuestra vida con proyectos inconclusos, responsabilidades innecesarias o vicios adquiridos? Simplemente, hay una solución: aprender a soltar y dejar lo que no nos hace bien.

La meta: lugar de un nuevo comienzo

El quinto día de caminata, llegamos a Santiago de Compostela, la meta de nuestra peregrinación. Fue un momento de emociones encontradas: alegría por haber llegado, tristeza por haber terminado tan linda experiencia. Pero siempre que algo termina, algo nuevo empieza.

La vida es un viaje permanente. Es bueno tener metas para direccionar nuestro caminar, pero llegar a ellas es algo transitorio.

La vida es un camino. Tenemos que disfrutarlo en cada tramo, en cada bifurcación, en cada logro… y en cada paso.

 

Publicado en la revista Bienaventurados/agosto 2016

 


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