Volver a misionar… después de los 30

Entre los 17 y los 23 años formé parte de un grupo misionero con el que viví los momentos más felices de mi vida. En ese tiempo empecé a abrazar más la fe, a conocer valiosas historias de vida en cada casa que visitaba y a rodearme de amigos incondicionales que siguen presentes hasta el día de hoy. Durante el año, cuando nos preparábamos para ir al pueblo que nos tocaba, trabajábamos en equipo con entusiasmo y compromiso. Y, durante los días que duraba la misión, mi corazón vivía alegre cada situación y recibía signos del amor de Dios de forma constante

Si hay algo por lo que dejé de misionar fue, principalmente, por la edad. A los 23 ya era de las más grandes del grupo, mis amigas más cercanas ya se habían ido y empecé a sentirme en otra sintonía. Además, coincidió con que también empezaba a trabajar y las vacaciones se limitaban a dos semanas. A partir de ese momento, empecé a ir a otros grupos universitarios que organizaban actividades solidarias, pero nunca volví a misionar.

Este año se me dio la oportunidad: empecé a ser parte de un grupo de adultos que se formó para acompañar a uno de jóvenes. Tenía cierta intriga por cómo serían las cosas, pero me alegraba poder volver a vivir eso que me hacía tan feliz, desde un nuevo rol y con una nueva mirada.

La experiencia de volver a misionar me hizo darme cuenta de que esto es algo que podemos hacer todos, sin importar cuántos años tengamos. De hecho, compartir la misión entre jóvenes y adultos de todas las edades fue totalmente enriquecedor para nuestra comunidad y para el pueblo que visitamos

Para nosotros, porque pudimos salir a misionar como comunidad, sin importar la edad, el estado civil o la profesión. Misionamos todos, y nos complementamos en todos los aspectos. Además, tuvimos la gracia de compartir una experiencia tan fuerte y profunda como es la misión.

Y para el pueblo que visitamos también fue enriquecedor, porque se veía en nuestra misión algo totalmente coherente con el Evangelio y comprometido con la fe. En el envío apostólico, Jesús dice: “Vayan por todo el mundo…”. No dice: “los jóvenes vayan por allá, los demás hagan otra cosa”. Anunciar a Dios es responsabilidad de toda la Iglesia. Por el bautismo, todos somos llamados a dar testimonio del amor de Dios. 

Por supuesto que hay etapas y ciclos en la vida, y que la disponibilidad, la energía y los compromisos van cambiando mucho. Pero uno siempre puede hacerse el tiempo para misionar: solo hay que ser creativos. Y ver cómo, sin invadir los espacios de los jóvenes, podemos involucrarnos y ayudar en estos tiempos de nueva evangelización.

Que el Espíritu Santo nos ilumine para ver de qué manera podemos colaborar con la difusión de la Buena Noticia, teniendo en cuenta nuestras posibilidades y circunstancias. 

 “Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación” (Mc 16,9)

Publicado en la revista Bienaventurados/abril 2020

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