Entre maderos y reflexiones

De San José, figura tan clave en la historia de la Salvación, los evangelios nos relatan poco. Sin embargo, a través de algunos datos que brindan, podemos acercarnos tentativamente a su modo de ser y de obrar.

Se dice que era un humilde carpintero. Me gusta imaginarlo trabajando la madera con sus manos hábiles, cumplidor con los encargos y atento a cada detalle. Considerando las posibilidades y necesidades de sus clientes, dispuesto a escucharlos y a ofrecerles lo mejor. Sencillo y agradecido con lo que tenía y con lo que podía dar. Me lo imagino como un hombre de pocas palabras, pero de una mirada tan profunda como expresiva.

Sabemos que, al enterarse del embarazo de María, decidió separarse en secreto para no denunciarla en público. Porque a pesar de su dolor, no quería causarle daño. Esto habla de un hombre misericordioso dispuesto a perdonar, que sabía controlar sus impulsos y no dejarse llevar por sus emociones.

Me lo imagino reflexionando cada cosa que se le iba revelando y esperando pacientemente las manifestaciones de Dios. Después de que el Ángel se le apareciera y le explicara la situación, aceptó ser el padre de Jesús. Me gusta imaginarlo acompañando a María durante el embarazo, nacimiento y crecimiento de su Hijo. Cargando al Niño en sus brazos, comprometido con su educación y enseñándole su oficio con paciencia y entusiasmo.

En ciertas circunstancias, recorrió largas distancias para poner a su familia a salvo. Evidentemente era un hombre confiable, sobre todo si pensamos en que Dios le encomendó la responsabilidad y protección de la Sagrada Familia.

Se dice que emprendió un largo viaje para cumplir con determinado censo. También acudía al templo, iba a Jerusalén todos los años para la fiesta de la Pascua y cumplía con sus obligaciones como judío. Estos hechos nos hablan de un hombre justo, cumplidor de sus obligaciones civiles y religiosas, dispuesto a ponerse en camino siempre que tuviera que hacerlo.

Me gusta imaginar la mirada de sus ojos, que fueron de los primeros en adorar a Jesús, que todos los días habrán contemplado con admiración las manifestaciones de Dios, que se habrán abierto de asombro ante algunas cosas inentendibles, que se habrán cerrado de cansancio después de largas jornadas de trabajo. Y que, finalmente, se habrán despedido de este mundo contemplando lo que a todos nos gustaría ver cuando nos llegue ese momento: a María y a Jesús.

San José es un gran modelo para nosotros, no sólo admirable, sino también imitable: desde su humanidad, logró discernir el plan de Dios y obrar conforme a él todos los días de su vida.

Publicado en la Revista Bienaventurados/marzo 2015


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