“Reciban el Espíritu Santo”

Jn. 20, 22

En la fiesta de Pentecostés, conmemoramos que el Espíritu Santo viene a permanecer con nosotros. ¡Dejemos que entre en nuestros corazones y nos acompañe en la vida!

Espíritu Santo
Dibujo: Belén Ruiz Luque

El Espíritu Santo está dispuesto a quedarse con nosotros, pero nos da la libertad de recibirlo o no. Invitémoslo. Porque, cuando se hace presente, vemos las cosas de otra manera. Transforma nuestro corazón y nos ilumina el camino para que no tengamos miedo. Despierta todo lo que en nosotros está adormecido, desanimado y estancado; nadie puede quedar indiferente ante su soplo de fuerza y energía.

¿Quién no ha visto alguna vez las caras de los chicos que salen de haber recibido el sacramento de la Confirmación? ¡Pareciera que tuvieran la fuerza suficiente para superar todos los obstáculos, para llevar su alegría a toda la tierra!

Con el Espíritu Santo siempre hay esperanza. Al guiarnos, enciende en nosotros el fuego del amor. Derrama vida y nos empuja hacia delante, invitándonos a crecer y llevándonos a buscar siempre más. Si bien nosotros somos los que caminamos, Él es el que nos anima.

Para dar a conocer el Evangelio, es indispensable estar abiertos a su voluntad, disponibles para que pueda soplar cuando y para donde quiera. Pero, por sobre todas las cosas, nos invita a que vivamos con alegría y entusiasmo, inspirando y alentando a los demás. En nuestros lugares de trabajo o estudio, en nuestra casa, en nuestro grupo de amigos: hagamos las cosas que nos tocan con un nuevo impulso, para convertirnos así en signos visibles de su acción.

Antes de Pentecostés, los apóstoles ya sabían de la resurrección de Jesús. Pero les faltaba superar el miedo de salir a comunicarlo. De la misma manera, en el mundo de hoy, no tenemos que quedarnos encerrados en nosotros mismos; el Espíritu Santo nos invita a anunciar el Evangelio, contagiando su amor y potenciando nuestros carismas al servicio de los demás. Para esto, nos renueva y nos transforma, respetando la identidad y la libertad de cada uno.

Una buena manera de tenerlo presente es invocarlo todas las mañanas con una oración, para que permanezca con nosotros a lo largo del día y nos desborde el corazón con alegría y vida.

 Publicado en la Revista Bienaventurados/junio 2014


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