Mirar con amor

Es increíble todo lo que uno puede comunicar con la mirada. A través de ella, nos conectamos con los demás y nos expresamos. Y así como otros nos transmiten distintos mensajes según cómo nos miren, es bueno ser conscientes de la importancia que nuestra mirada tiene para los demás.

A lo largo del día, nos cruzamos con miles de personas que aparecen en nuestro camino. Pero, por más efímero que sea cada encuentro, debemos mirar al otro con amor, para que se sienta amado y valorado. Debemos considerarlo como una persona sagrada, única e irrepetible, y valorarla por lo que es en sí misma, aceptándola tal y como es.

Lamentablemente, esto no resulta tan fácil de llevar a la práctica: como la mirada implica un vínculo, muchas veces el miedo a lo diferente o a vernos comprometidos con la realidad del otro hace que desviemos la vista hacia otro lado. Nos sumergimos en una “ceguera voluntaria”, porque tenemos miedo a abrir nuestros corazones.

Cada uno de nosotros, tiene una realidad y un contexto distinto. No podemos cerrar los ojos ni ser indiferentes a lo que le pasa a los demás, porque somos responsables unos de otros.

Desde la fe, debemos descubrir la presencia de Dios en todos nosotros. Cada persona es una historia sagrada, porque somos parte de la creación de Dios, quien nos ama incondicionalmente incluso con nuestras pobrezas. Y sólo desde un amor que nos habla de nuestras pobrezas, podemos ir a las del otro, sin creernos más importantes o mejores. Habiendo experimentado este amor, no debemos establecer “escalones” que nos hagan creer superiores a otros, ni cerrarnos para que nadie vea nuestras heridas: cada uno tiene sus debilidades y fortalezas.

Siempre desde el amor, tenemos que desarmarnos frente al otro para llegar a un acercamiento verdadero. La mirada es la que derriba los muros que nos separan y que a veces nosotros mismos construimos. Es por esto que debe ser abierta y respetuosa, porque es la que produce el encuentro y establece la transformación profunda. En estos encuentros, no deberíamos tener miedo a lo que pudiera suceder, porque Dios suscita algo distinto y nunca deja de hablar en el corazón del hombre.

Publicado en la Revista El Pensadero

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